sábado, 8 de octubre de 2011

Documentos del Libertador (comentarios)

Juramento en el Monte Sacro

Juramento hecho por Simón Bolívar en Roma el 15 de agosto de 1805, cuando era un joven de 22 años de edad. Con él estaban sus amigos Simón Rodríguez, quien contaba entonces unos 36 años y había sido su maestro en Caracas, y Fernando Rodríguez del Toro, de 32. Habían salido de París el 6 de abril anterior, y por la vía de Lyon, Chambéry, Turín, Milán, donde vieron a Napoleón coronarse como Rey de Italia, Montichiari, Venecia y Florencia, llegaron hacia el mes de julio a Roma. Ahí, según la tradición, se alojaron en una posada de la plaza España, cerca de la imponente escalinata que conduce al templo de Santa Trinitá dei Monti. Durante varias semanas recorrieron la ciudad, visitando sus monumentos y sus ruinas llenas de evocaciones históricas, testimonios de la grandeza y la decadencia de los imperios. El 15 de agosto se dirigieron los 3 al llamado Monte Sacro, situado entonces fuera del recinto de la ciudad, a orilla del río Anio. Ese lugar era célebre en la historia de la antigua Roma, que los 3 venezolanos conocían bien, porque allí se habían retirado los plebeyos en sus desavenencias con los patricios en la época de la República. Es muy probable, como lo insinuó el mismo Bolívar años más tarde, que al dirigirse al Monte Sacro tanto él como sus compañeros tuvieran el propósito de realizar un gesto simbólico, como venezolanos que deseaban la independencia de la patria nativa y de toda la América entonces dominada por España. Ascienden por las laderas de la colina, y en la cima conversan sobre la sucesión de las civilizaciones, su apogeo y su declinación a través de los siglos. Son hombres penetrados por el espíritu de la Ilustración racionalista, que creen en el progreso indefinido del género humano, influenciados también por el nacionalismo y el romanticismo presentes ya en la Europa de aquellos años. Simón Bolívar es un joven madurado por el infortunio: la aún reciente muerte de su esposa; la presencia de su antiguo maestro, convertido ahora en consejero y amigo, es un poderoso estímulo intelectual. Simón Rodríguez Bolívar llamará más tarde «El Sócrates de Caracas», usa un método similar al de este filósofo de la Grecia antigua, basado en preguntas que poco a poco conducen a su interlocutor a descubrir las realidades. Aquella tarde, mientras el sol se dirige a su ocaso, hablan largamente de las sociedades humanas del pasado, de las luces y las sombras de la historia, de la lucha contra la tiranía y del anhelo de libertad que ya tenían los plebeyos de Roma, 5 siglos antes de Cristo, cuando se reunieron y fortificaron en el Monte Sacro para luchar contra la injusticia; «?la civilización que ha soplado del Oriente, exclama Bolívar, ha mostrado aquí (en Roma) todas sus faces, ha hecho ver todos sus elementos; mas en cuanto a resolver el gran problema del hombre en libertad, parece que el asunto ha sido desconocido, y que el despejo de esa misteriosa incógnita no ha de verificarse sino en el Nuevo Mundo?» Luego, poniéndose de pie, con un gesto firme y tono solemne, hace su juramento con la mirada fija en Simón Rodríguez: «Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos; juro por mi honor y juro por mi patria que no daré descanso a mi brazo ni reposo a mi alma hasta que haya roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español». Unas semanas más tarde viajaron a París. Simón Rodríguez se quedó en Europa. Bolívar y Rodríguez del Toro regresaron por separado a Venezuela y juntos combatieron en 1811 contra la Insurrección de Valencia, donde Bolívar recibió su bautismo de fuego y su amigo fue gravemente herido y quedó inválido. Bolívar cumplió su juramento y se convirtió en el Libertador a partir de 1813. Simón Rodríguez volvió a América en 1823; cuando lo supo, el Libertador, le escribió desde Pativilca (Perú), el 19 de enero de 1824, una carta en la cual, dándole la bienvenida, le decía entre otras cosas: «¿Se acuerda usted cuando fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar sobre aquella tierra santa la libertad de la Patria? Ciertamente no habrá usted olvidado aquel día de eterna gloria para nosotros». Entre los historiadores existe total acuerdo en cuanto a la fecha, el contenido y el significado del juramento de Bolívar en Roma; pero ha habido discrepancias en cuanto al lugar exacto. Destacados estudiosos como Caracciolo Parra Pérez, entre otros no menos notables, han sostenido que las palabras de Bolívar fueron pronunciadas en el Monte Aventino, una de las 7 colinas romanas; otros se inclinan por el Monte Palatino, que es también una de esas célebres colinas. El investigador que más profundamente ha analizado el tema, Joaquín Díaz González, sostiene que se trata del Monte Sacro, situado a orillas del Anio. Esta tesis, que es la más firme y segura, se basa en las propias palabras de Bolívar escritas en 1824: «?fuimos juntos al Monte Sacro en Roma a jurar?» Por esto se habla del juramento del Monte Sacro o, en términos más generales, del juramento de Roma.
Manuel Pérez Vila
Diccionario de Historia de Venezuela. 2da Edic. Caracas: Fundación Polar, 1997.
Tomo II, pp. 860-861


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Manifiesto de Cartagena

El primero de los grandes documentos políticos de Simón Bolívar es el llamado Manifiesto de Cartagena, por estar datado en esta ciudad el 15 de diciembre de 1812. Cartagena de Indias (Colombia), fundada por el capitán madrileño Pedro de Heredia en 1533, fue un importante centro para la colonización española en el Caribe; puerto de excelencia para el movimiento comercial y plaza fuerte de singular valor estratégico. Esa misma significación la tendrá a lo largo de la Guerra de la Independencia. Fue esta provincia la primera del Nuevo Reino de Granada en proclamar su total separación del régimen español. Se llamó «Estado libre y absolutamente independiente», en el acta del 11 de noviembre de 1811. Por tanto, sus puertas estuvieron abiertas para acoger a los patriotas venezolanos que fueron aventados al exilio después de la caída de la Primera República a mediados de 1812. Simón Bolívar que fue uno de ellos, salió de Venezuela por el puerto de La Guaira el 27 de agosto de ese año, rumbo a Curazao, en donde permaneció hasta finales de octubre, cuando partió hacia Cartagena. Aquí se reúne con los otros expatriados y en nombre de todos, ofrece sus servicios al gobierno de la Nueva Granada, en carta del 27 de noviembre de 1812 que suscribe en unión del letrado Vicente Tejera, ex ministro de la Alta Corte de Justicia de Caracas. Pocas semanas después, el 15 de diciembre, Bolívar firma su Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño, documento más conocido como Manifiesto de Cartagena. En él, habla con acento de autocrítica de los graves errores en que incurrieron los hombres de la Primera República de Venezuela, los cuales atribuye en buena parte al sistema federal que se adoptó; a la debilidad del gobierno; a la impunidad de los delitos; a la mala administración de las rentas públicas; a la falta de conciencia ciudadana para el fiel cumplimiento de los deberes constitucionales y el ejercicio de los derechos; a la ambición de unos pocos y al espíritu de partido que todo lo desorganizó; a lo que se agregaron los efectos del terremoto del 26 de marzo de 1812 y la influencia de eclesiásticos contrarios a la Independencia, así como la oposición al establecimiento de fuerzas armadas permanentes y bien organizadas bajo un mando único. Concluye que la Nueva Granada debe hacer suya la causa de Venezuela, ya que se trata de 2 naciones hermanas, llamadas a marchar unidas para asegurar la libertad de todos. La primera edición del Manifiesto de Cartagena (bajo el título original ya mencionado de «Memoria dirigida a los ciudadanos de la Nueva Granada por un caraqueño») se hizo en la imprenta de Diego Espinoza en aquella misma ciudad, en 1813, probablemente muy a comienzos de este año. M.B.P.

BIBLIOGRAFÍA: BOLÍVAR, SIMÓN. Siete documentos esenciales. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1973; LOVERA DE SOLA, ROBERTO JOSÉ. Curazao, escala del primer destierro del Libertador. Caracas: Monte Ávila, 1992; TORO HARDY, JOSÉ. Seis ensayos sobre el ideario del Libertador. Caracas: Editorial Arte, 1973.



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Decreto de Guerra a Muerte

La guerra sin cuartel que se desató en Venezuela durante un período bien definido de la Independencia, se ha atribuido a Simón Bolívar con su Proclama de guerra a muerte, dictada y dada a conocer en la ciudad de Trujillo, el 15 de junio de 1813. El propio Libertador y sus secretarios llamaron «decreto» a este documento y con esa denominación ha pasado a la historia. Antes de esa fecha, si bien es cierto que los jefes realistas no decretaron formalmente la guerra a muerte, también es indudable que muchos de ellos la pusieron en práctica con la mayor crueldad. A raíz de la caída de la Primera República, Domingo de Monteverde, Francisco Cervériz, Antonio Zuazola, Pascual Martínez, Lorenzo Fernández de la Hoz, José Yáñez, Francisco Rosete y otros cometieron los más atroces crímenes. Con la matanza de republicanos parece que ellos quisieran acabar con la semilla de la libertad en estas regiones. Incluso, los atropellos, la sed de venganza de aquellos jefes movieron a ciertos personajes adictos a la causa monárquica y servidores leales del Rey a protestar contra tales desmanes. Uno de ellos fue el abogado Francisco de Heredia, oidor y regente de la Real Audiencia de Caracas, quien pidió en distintas formas que cesara la matanza, pero no fue escuchado. En sus Memorias, Heredia relata que un fraile capuchino de las misiones de Apure (a quien llama fray Eusebio del Coronil, pero que debió ser Fernando María del Coronil), que actuaba como uno de los partidarios de Monteverde, exhortó en una ocasión «...en alta voz a los soldados que, de siete años arriba, no dejasen vivo a nadie...» Bolívar, en el desarrollo de su Campaña Libertadora de 1813 recibió información precisa acerca de esa conducta de los realistas y el 8 de junio anunció desde Mérida: «Nuestro odio será implacable y la guerra será a muerte». Era el preludio de la proclama de Trujillo del 15 de junio, que termina de esta manera: «...Españoles y canarios, contad con la muerte, aun siendo indiferentes, si no obráis activamente en obsequio de la libertad de Venezuela. Americanos, contad con la vida, aun cuando seáis culpables» Esta manifestación (que es la que se denominó Decreto de guerra a muerte) la consideró Bolívar como ley fundamental de la República; más adelante la amplió y ratificó en el cuartel general de Puerto Cabello, mediante una proclama del 6 de septiembre del propio año 1813, acto éste que algunos historiadores llaman «Segundo Decreto de Guerra a Muerte». Posteriormente, el 24 de febrero de 1814, desde su cuartel general de San Mateo, el Libertador dará cuenta a las naciones del mundo de los motivos que le indujeron a declarar y a hacer la guerra sin cuartel. Antes que Bolívar, el abogado coronel Antonio Nicolás Briceño, que había sido uno de los dirigentes de la Primera República en 1810-1812, indignado como aquél lo estaría luego por los crímenes de los realistas, puso en ejecución la «guerra a muerte» en San Cristóbal, el 9 de abril de 1813, con arreglo a su plan para libertar a Venezuela, que había elaborado en Cartagena de Indias el 16 de enero del mismo año. Los republicanos que en 1813 hablaban de «guerra a muerte», no hacían sino situarse en el mismo plano en que se habían colocado sus adversarios, para quienes los republicanos se habían convertido en reos de «lesa majestad» al desconocer la autoridad del rey de España o de los que se decían sus representantes; y esa condición, según los militares y otros funcionarios realistas, acarreaba la pena de muerte. Por eso se ha sostenido que la reacción de los patriotas ante la agresión de los realistas, se encuadra dentro del derecho de la legítima defensa. Después, cuando en el segundo semestre de 1813 aparecen en escena José Tomás Boves y Francisco Tomás Morales, la matanza se hace más intensa por parte de los realistas y la respuesta de los republicanos es una escalada de la «guerra a muerte». Uno de los resultados es la ejecución de los presos españoles y canarios de Caracas y La Guaira ordenada por Bolívar en febrero de 1814. En ese año la «guerra a muerte» se recrudece, se pierden numerosas vidas de parte y parte. En medio de un torbellino de sangre cae la Segunda República. El año se cierra con las batallas de Urica (5 diciembre) y Maturín (11 diciembre). En la primera, Boves vence a José Félix Ribas y en la segunda, Ribas es vencido por Morales. En Urica la victoria realista costó la vida de José Tomás Boves. Entre los patriotas muertos en Maturín estuvo el letrado Miguel José Sanz, entre otros. En un manifiesto firmado en el pueblo de El Altar, el 22 de septiembre de 1821, el presbítero Andrés Torrellas, incorporado ya a la causa republicana, dice que los soldados realistas, en 1814, usaban en sus morriones un plumaje negro y que era la divisa de la «guerra a muerte»; que al mismo tiempo se pregonaba que tal tipo de guerra continuaría con igual intensidad. Para 1814, el padre Torrellas era oficial del ejército realista. En los años de 1815, 1816 y 1817 la «guerra a muerte» se extiende a Nueva Granada, en donde el general Pablo Morillo la ejecuta con la mayor crueldad. Entre sus tantas víctimas figuran el científico Francisco José de Caldas, los estadistas neogranadinos Camilo Torres y Manuel Rodríguez Torices y los patriotas venezolanos Andrés Linares y Francisco José García de Hevia. No obstante el haber sido Bolívar el autor del decreto de guerra sin cuartel, en varias oportunidades se muestra proclive a la derogación de dicho instrumento. En su proclama de Ocumare (6.7.1816), expresa muy claramente: «...La guerra a muerte que nos han hecho nuestros enemigos cesará por nuestra parte: perdonaremos a los que se rindan, aunque sean españoles. Ningún español sufrirá la muerte fuera del campo de batalla». Es la humanización de la contienda a la cual quería llegar. Cuatro años después (26.11.1820) se celebró en Trujillo, en el mismo lugar donde se proclamó la «guerra a muerte», el Tratado de Regularización de la Guerra, el cual derogaba el decreto de 1813. «Un monumento de liberalidad, humanidad y filantropía», lo llamó Bolívar. La «guerra a muerte» murió donde nació, en la ciudad de Nuestra Señora de la Paz de Trujillo. M.B.P./M.P.V.

BIBLIOGRAFÍA: BLANCO FOMBONA, RUFINO. Bolívar y la Guerra a Muerte: época de Boves: 1813-1814. Caracas: Ministerio de Educación, Dirección Técnica, 1969; BOSCH, JUAN. Bolívar y la guerra social. Buenos Aires: Ediciones Jorge Álvarez, 1966; BRICEÑO PEROZO, MARIO. Historia bolivariana. Caracas: Ministerio de Educación, 1970; CARRILLO, MARCOS RUBÉN. La casa de la Guerra a Muerte. Trujillo: Ediciones del Centro de Historia del Estado Trujillo, 1968; COVA, JESÚS ANTONIO. La Guerra a Muerte ante la historia universal. Trujillo: Separata del Boletín del Centro de Historia del Estado Trujillo, 1963; GRASES, PEDRO y MANUEL PÉREZ VILA, comp. El amor a la paz. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1970; IRIBARREN CELIS, LINO. Glosas para una nueva interpretación de la historia militar de Venezuela durante la Guerra a Muerte, 1814. Caracas: Imprenta Nacional, 1964; MENDOZA, CRISTÓBAL L. Guerra a Muerte. Caracas: Academia Venezolana de la Lengua, 1951; PENZINI HERNÁNDEZ, JUAN. La Guerra a Muerte y el abrazo de Santa Ana. Trujillo: Imprenta Santana, 1930; __. Nuevos conceptos sobre la Guerra a Muerte. Trujillo: Imprenta Santana, 1931; Relato de un oficial inglés sobre la Guerra a Muerte. Caracas: Centauro, 1977; SÁEZ MÉRIDA, SIMÓN. Aragua de Maturín y la Guerra a Muerte: con testimonios documentales. Caracas: Ediciones Centauro, 1994.


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Carta de Jamaica
6 de Septiembre de 1815

Con esta denominación se conoce el documento que Simón Bolívar escribe en Kingston el 6 de septiembre de 1815, dirigido a un ciudadano inglés que ha podido ser identificado como Henry Cullen, súbdito británico, residenciado en Falmouth, cerca de Montego Bay, en la costa norte de la isla. En las ediciones en inglés se le llamaba A friend y en castellano, Un caballero de esta isla. El texto más antiguo que se conoce es el manuscrito borrador de la versión inglesa conservado en el Archivo Nacional de Colombia, Bogotá, en el fondo Secretaría de Guerra y Marina, volumen 323. Es un borrador con tachaduras y enmiendas, de varias manos, en tinta y a lápiz, con algunas llamadas en números arábigos que refieren a un pliego anexo que no ha sido localizado. Escrito sobre papel inglés, ordinario, de 10,5 x 24,5 cm, que fue localizado por el académico Guillermo Hernández de Alba. Al pie del último folio, el traductor estampa por su cuenta una nota de comentario fechada en Falmouth a 20 de septiembre, o sea 14 días después de la data de la carta. La letra de la versión inglesa parece ser del general John Robertson, quien en estos días estaba en estrecho contacto con Bolívar. Nada se sabe sobre la historia del documento, pero las enmiendas y correcciones permiten suponer que se guardó en la Secretaría General del Libertador y que fue sometido a revisión y perfeccionado por el propio Bolívar. Hay una frase cuya redacción no traducía al inglés el significado del original, que aparece corregido en francés entre renglones, de puño y letra de Bolívar. El pasaje original castellano referido al deseo de libertad decía: «...el que aspira a obtener la libertad, a lo menos lo intenta...»; que fue traducido por «...are at least sincere in their intentions...», que Bolívar corrige en francés: «...on intante de le fairee [sic]...» La presencia de la mano del Libertador da plena autenticidad al manuscrito. Es un testimonio fehaciente. La primera publicación impresa del texto inglés, aunque sin duda de copia distinta al borrador manuscrito, fue hecha en el periódico de Kingston The Jamaica Quarterly Journal and Literary Gazette, en la entrega correspondiente a julio de 1818. Figura como texto transcrito en el cuerpo de un artículo publicado en varios números, intitulado Political State of the Spanish South American Colonies; la carta lleva el título de General Bolivar's Letter to a Friend, on the Subject of South American Independence. (Translated from the Spanish.) Existe una nueva impresión con idéntico texto en The Jamaica Journal and Kingston Chronicle (23.7.1825), precedida de una nota preliminar en la que se aclara que en la publicación de 1818, intervino Pedro Gual, quien estaba en Kingston. En dicha nota se califica ya la carta de Jamaica por primera vez, como «particularmente profética» en vista de los sucesos acaecidos en el continente hasta 1825. La primera publicación conocida de la Carta en castellano apareció impresa en 1833, en el volumen XXI, Apéndice, de la Colección de documentos relativos a la vida pública del Libertador, compilada por Francisco Javier Yanes y Cristóbal Mendoza. No se ha localizado el manuscrito original castellano, ni se conoce copia alguna entre 1815 y 1883, salvo las 2 publicadas en inglés, de 1818 y 1825. Hay diferencias de redacción, pero no existe la menor duda de que el texto dado por Yanes-Mendoza es legítimo, aunque no sea exactamente su primera elaboración, pues hay diferencias con la versión inglesa.
Bolívar cuando llega a Kingston en 1815, tiene cerca de 32 años. Había dedicado apenas 3 años con plena responsabilidad a la lucha por la emancipación, pues la inicia después de la declaración del Mensaje de Cartagena el 15 de diciembre de 1812. Ha vivido un trienio fulgurante. Primero, en 1813, la Campaña Admirable, que lo lleva vertiginosamente en pocos meses hasta Caracas el 6 de agosto de 1813 para intentar rehacer la República, empresa que termina en 1814, en fracaso frente a las huestes de José Tomás Boves. Después de la emigración al oriente de Venezuela, Bolívar vuelve a la Nueva Granada, para intentar repetir la hazaña de la Campaña Admirable, pero se estrella ante quienes no entienden su mensaje. Hastiado al sentirse incomprendido en Cartagena de Indias, decide seguir otro rumbo. Toma el 9 de mayo de 1815 el camino del destierro hacia Jamaica, animado por la idea de llegar al mundo inglés y convencerlo de que sin la cooperación británica el ideal de la independencia hispanoamericana era pleito perdido. Vivirá en Kingston desde mayo hasta diciembre de 1815, 7 meses que son tiempo de meditación, pensando en cómo debía recomenzar su designio, cavilando sobre el porvenir del continente americano ante la situación de la política mundial en este año de 1815. Hay que leer los testimonios, que tenemos de estos meses. Las pocas cartas y los 3 artículos que escribe, son gritos en súplica de auxilio, para que la emancipación no quedase inconclusa. La carta de 27 de mayo a Ricardo Wellesley, que residía en Londres, es realmente expresiva: «...Vengo a procurar auxilios; iré en su busca a esa soberbia capital; si fuere preciso marcharé hasta el polo; y si todos son insensibles a la voz de la humanidad, habré llenado mi deber aunque inútilmente y volveré a morir combatiendo en mi patria...» La Carta de Jamaica fue concluida, el 6 de septiembre de 1815, en Kingston. Presenta una estructura realmente sólida y armoniosa. Empieza con una motivación: el deseo de contestar la carta de un corresponsal de Falmouth. Después del introito, analiza Bolívar, en una primera parte, cuáles han sido hasta el momento los sucesos históricos en todo el continente americano en la lucha por la libertad. Es un balance del esfuerzo de los patriotas en los años transcurridos desde 1810 hasta 1815. La parte central del documento es la exposición de las causas y razones que justifican la decisión de los «españoles americanos» por la independencia. Termina con una llamada a la Europa para que coopere a la obra de liberación, para que comprenda y comparta la intención de los pueblos americanos por emanciparse. La tercera y última parte, llamada habitualmente «profética», avizora y argumenta cuál va a ser el destino, según su juicio, de México, de Centroamérica, de la Nueva Granada, de Venezuela, de Buenos Aires, de Chile y del Perú. De manera que las consideraciones históricas y las de los hechos iniciales, van seguidas por los argumentos filosófico-políticos como parte central de la carta y concluye con el intento de vaticinar el futuro americano, país por país. Finaliza con una imprecación que es constante en Bolívar: la necesidad de la unión. Está claro que la Carta de Jamaica se escribe con el propósito de llamar la atención a la nación liberal más poderosa del mundo decimonónico, Inglaterra, a fin de que se decidiese a cooperar con la independencia americana. Aunque dirigida nominalmente a Henry Cullen, no puede ser una carta particular. Una carta privada no contendría toda la suma del pensamiento bolivariano y el análisis histórico, razonado, de una época. Es imposible que Simón Bolívar haya pensado escribir una carta de esa magnitud para que la conociese un solo inglés, por importante que hubiese sido. No es lógico que alguien redacte una carta de interpretación del tiempo hispanoamericano para información y uso de una sola persona. En realidad, es un manifiesto al mundo. ¿Cómo se explicaría, además, que apenas escrita, inmediatamente su ayudante John Robertson, su general, su brazo derecho, se haya ido con el texto castellano de la carta a Falmouth donde vivía Cullen, para entregársela, y entregársela traducida? Queda un enigma: ¿por qué no se publicó?, ¿por qué no se hizo ninguna edición ni en inglés ni en castellano, cuidada por el propio Bolívar, después de 1815? Queda también este mismo interrogante acerca del porqué no la encontramos publicada en castellano hasta 3 años después de la muerte de Bolívar. Queda una última pregunta. Bolívar desiste de la ayuda inglesa y acepta la de Haití. ¿A qué causa podríamos atribuir la decisión de sustituir la anhelada cooperación de la poderosa nación inglesa por la ayuda de Petión? No lo sabemos. Desde luego, a partir de agosto-septiembre de 1815, no consta ninguna insistencia en el deseo de ir a Inglaterra por parte de Bolívar.
Pedro Grases
Referencia: Diccionario de Historia de Venezuela. 2da Edición. Caracas: Fundación Polar, 1997. Tomo I, páginas 706-707




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Discurso de Angostura

Simón Bolívar, al inaugurar el segundo Congreso Constituyente de la República de Venezuela reunido en Santo Tomé de Angostura (hoy Ciudad Bolívar), provincia de Guayana, el 15 de febrero de 1819, leyó un importante discurso que constituía formalmente el mensaje del jefe del Estado a los congresantes del país, y la presentación de un proyecto constitucional; pero que, por la médula de su contenido y las excelencias del estilo ha de considerarse, más que un mensaje, más que un manifiesto político, como la obra maestra de un pensador, de un conductor de pueblos; y esto es, precisamente, el Discurso de Angostura. En medio de los ajetreos de la campaña, Bolívar apartó tiempo para reflexionar hondamente, para evocar el pasado y extraerle toda su experiencia aleccionante, para evaluar el presente y derivar de éste todo lo positivo que se había logrado al término de tantos años de lucha y para avizorar el futuro y darle forma concreta a la gran obra que hasta allá se proyectaba con caracteres precisos y bien definidos. De esas profundas reflexiones nace el Discurso de Angostura. Es un escrito bien meditado; aplicado a la situación que vive Venezuela a fines de 1818 pero en el cual condensa Bolívar ideas que venía madurando desde años atrás. El proceso de elaboración final lo llevó a cabo principalmente en su residencia de Angostura durante los últimos meses de 1818, dictándole a su amanuense Jacinto Martel, a su secretario militar Pedro Briceño Méndez y excepcionalmente un párrafo al funcionario Manuel Echeandía; pero después del dictado revisaba el texto, haciéndole correcciones autógrafas, leyéndolo y releyéndolo con el cuidado del orfebre que se empeña en la perfección de la obra. De esta manera agrega o elimina vocablos. No vacila en confiar los originales a Manuel Palacio Fajardo, estadista dotado de talento y erudición, para que opine sobre el texto. Palacio Fajardo formula algunas observaciones, que Bolívar, en general, acepta. El 15 de febrero de 1819, día fijado para la instalación del Congreso que el propio Bolívar había convocado, una salva de cañonazos, unida a las aclamaciones del pueblo, señaló a las 11 a.m., la llegada del Libertador, jefe supremo de la República y su comitiva a la sede del Congreso. Recibido a las puertas por los 26 diputados presentes, fue conducido al puesto de honor en la sala de sesiones, acompañado por las autoridades nacionales y provinciales y numerosos oficiales de las Fuerzas Armadas. El concurso de ciudadanos y de extranjeros de distinción, como se anotó en el acta de la sesión, era extraordinario. Ante todos ellos inició Bolívar su discurso con una nota de optimismo y confianza: «¡Señor! Dichoso el ciudadano que bajo el escudo de las armas de su mando ha convocado la Soberanía Nacional para que ejerza su voluntad absoluta...» Habló durante casi una hora. El Libertador, frente a la realidad de su tiempo, piensa que las instituciones deben surgir en América del propio medio, respondiendo a las necesidades y posibilidades de estas sociedades, sin copiar modelos de tierras extrañas. No desconoce las virtudes del régimen federal para otras naciones; pero para Venezuela lo que considera preferible es la República central, con un Poder Público distribuido en las 3 clásicas ramas: Ejecutivo, Legislativo y Judicial y dentro de esa trilogía, un Ejecutivo poderoso. Habla de un nuevo elemento, el Poder Moral, dirigido a exaltar el imperio de la virtud y enseñar a los políticos a ser probos e ilustrados. Concebía la idea de una Cámara Alta hereditaria, para mantener en ella la tradición edificante de los padres de la patria. No encajó en la letra de la ley el Poder Moral, pero todo lo que el proyecto sugiere está intacto como una consigna que no pierde vigencia. Hace reminiscencias de Grecia y Roma y examina las instituciones políticas de Gran Bretaña y Estados Unidos, cita a los filósofos y políticos franceses de la Enciclopedia y de la Revolución, para desembocar en la necesidad del sistema republicano-democrático, con proscripción de la nobleza, los fueros y privilegios y la abolición de la esclavitud, que recomienda encarecidamente. Tiene una gran fe en la educación. Educar es tan alto para él como libertar. De allí su memorable sentencia: «Moral y luces son los polos de una República, moral y luces son nuestras primeras necesidades». Y así va desarrollando muchos otros conceptos, para presentar en la parte final una visión de la grandeza y el poderío de la América libre y unida, cuando llegue la paz y cerrar su discurso con una exhortación al Congreso: «Señor, empezad vuestra funciones: yo he terminado las mías». Cuando cesaron los aplausos, hizo entrega de un proyecto de Constitución, así como del Poder Moral, a fin de que fueran estudiados por los diputados y añadió: «El Congreso de Venezuela está instalado; en él reside, desde este momento, la Soberanía Nacional. Mi espada y las de mis ínclitos compañeros de armas están siempre prontas a sostener su augusta autoridad. ¡Viva el Congreso de Venezuela!» De inmediato, Bolívar tomó juramento a los diputados y luego puso en manos del presidente del Congreso, Francisco Antonio Zea, su bastón de mando, renunciando así a su cargo de jefe supremo; pero el cuerpo legislativo, por unanimidad, se lo devolvió. Después, Zea pronunció el discurso de respuesta, en nombre del Congreso, y Bolívar se retiró del salón para que comenzaran las deliberaciones. El discurso cumplió su cometido, por cuanto impresionó al Congreso y a todos los que lo escucharon o leyeron en las columnas del Correo del Orinoco, en el cual se publicó (aunque incompleto) los días 20 y 27 de febrero y 6 y 13 de marzo. Casi al mismo tiempo se imprimió en el taller de Andrés Roderick, en Angostura, un folleto con la traducción al inglés hecha por James Hamilton, a fin de que su ámbito fuese universal. También se imprimió en Bogotá, en abril de 1820, un folleto con el texto en español revisado por el propio Bolívar. Más adelante se publicaron otras ediciones en español, inglés y francés. Durante muchísimo tiempo el manuscrito original que leyó el Libertador ante el Congreso estuvo extraviado. En 1975, con un noble gesto, los miembros de la familia británica Hamilton-Grierson, descendientes de James Hamilton (quien lo había conservado en su poder) lo donaron a la Nación venezolana. M.B.P.

BIBLIOGRAFÍA: BOLÍVAR, SIMÓN. Discurso de Angostura. Caracas: Ediciones de la Presidencia de la República, 1975; CARRERA DAMAS, GERMÁN. Validación del pasado: discursos, conferencias y ponencias. Caracas: Universidad Central de Caracas, c. 1975; GARCÍA DEFENDINI, ALFREDO JOSÉ. Bolívar y el Discurso de Angostura. Caracas: Editorial Arte, 1970; GRASES, PEDRO, comp. El Libertador y la Constitución de Angostura de 1819. Caracas: Banco Hipotecario de Crédito Urbano, 1970; LABARCA P. DOMINGO A. Bolívar y la organización del poder público. Maracaibo: s.n., 1981; PÉREZ VILA, MANUEL. Los borradores del Discurso de Angostura. Caracas: Instituto Nacional de Cultura y Bellas Artes, 1969; RODRÍGUEZ, MANUEL ALFREDO. Angostura: escenario de un discurso histórico. Caracas: ARS Publicidad, 1978; USLAR PIETRI, ARTURO. Oraciones para despertar. Caracas: Ediciones del Cuatricentenario de Caracas, 1967.

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